
Lo que distingue a Joel-Peter Witkin de sus contemporáneos es una inquietud y un deseo que lo llevan a lugares temidos por otros –el lado oscuro donde cada resplandor es auténtico.
Witkin crea un arte que no se puede desechar o ignorar. De hecho, alcanza la condición a la que aspira todo arte: nadie, al ver una imagen de Witkin, puede permanecer ambivalente. Pero esto no es solo resultado de lo que Witkin escoge fotografiar. Es más bien por el modo en que aborda el material y trasciende sus limitaciones. Usando cadáveres, hermafroditas, jorobados, y otros a los que la sociedad en general denomina “freaks”, Witkin crea paradojas visuales que desafían nuestra percepción. Frecuentemente acusado de sensacionalismo y de la explotación de sus sujetos, en realidad los realza y redime –los vuelve fundamentales en su búsqueda espiritual. Una vez fotografiados, ingresan a la corriente eterna del arte.
Es imposible conceptuar una imagen de Witkin de una sola mirada y luego descartarla. Cada imagen, después de haber sido manipulada cuidadosamente en el cuarto oscuro con hojas de afeitar, seguros, y otros implementos, nos obliga a cuestionar, visceralmente, nuestra capacidad para comprender. Una imagen de Witkin puede, como la mejor poesía, ser leída una y otra vez, y seguir siendo un misterio.
Utiliza la vista, nuestro sentido más privilegiado, para desconcertar e instruirnos. Las imágenes de Witkin no sólo impresionan, también ilustran, si acaso sólo al obligarnos a tomar en cuenta aquello que preferiríamos no examinar.

El beso (Le Baiser), Nuevo México, 1982, es la imagen de una cabeza que ha sido partida exactamente por la mitad para que se le practique la autopsia, las dos mitades aparentando ser dos seres distintos en el acto de besarse. Un beso, inherentemente placentero y asociado con la alegría, desarma al espectador, aun cuando el entendimiento niegue la posibilidad de que esa cabeza pueda sentir algo. Existen muchos otros niveles potenciales de significado, pero el suceso más importante de la imagen es la manera en que los muertos, frente a la razón, parecen respirar y comunicar.
Si toda creación puede ser considerada divina, entonces la creación de estas imágenes adquiere una cualidad espiritual que se percibe más fácilmente en las imágenes en donde Witkin utiliza cadáveres y partes del cuerpo.
Al fotografiar a los muertos, Witkin otorga una vez más movimiento y expresión a su esencia moribunda; toma lo que normalmente descartaríamos como cosa del pasado y le vuelve a dar vida. De este modo, lo que estos cadáveres alcanzan es nada menos que una nueva vida, una nueva oportunidad parar entrar en comunión con los vivos, y más notablemente, una oportunidad para que los vivos convivan con los muertos.
Fuente: Charles Mann, editor asistente de The Photo Review.